Imatge

Tamer Sarkis Fernández
28 de diciembre, 2013

Han recorrido todas las pantallas y páginas aquellas tomas de Siria –hombre con niño en brazos, quizás muerto- merecedoras del último Pulitzer de fotografía. Impactantes y tristes, lamentables, aunque intrínseco pasto del Espectáculo, quien con comodidad y a su capricho fue caracterizando a “víctimas”, a “verdugos”, al “arma del crimen”, al “móvil del crimen”… gracias precisamente a la condición anónima y a-contextual de dicha representación fotográfica. Y nada más que eso fueron aquellas tomas premiadas, a fin de cuentas: material lacrimógeno-explosivo al servicio propagandístico de las fuerzas exteriores responsables, en última instancia, de toda la espiral desencadenada en el interior y por ende de ese “caos” aparente objeto de plañido “internacional”.

Pero hay otras fotos: desconocidas, “olvidadas”, sujetas a censura mediática severa con objeto de ocultar la atrocidad que está siendo ordenada contra los sirios por los plañideros premiadores (y premiados). Fotos como la que ilustra el presente texto (no edito más por respeto a la sensibilidad). No pedimos ni premios ni condenas estatales o “supra-nacionales”: sus premios nos asquean igual que sus condenas. Nos basta señalar el honroso nadar contracorriente al que se dignó el Papa Francisco durante su Oficio de Misa del Gallo la pasada Nochebuena. Allí tuvo palabras de recuerdo para estos cristianos “fotografiados”, al tiempo que, a su manera, daba a conocer al Mundo la verdadera dramatis personae subyacente. El Espectáculo, quien no pudo censurar en directo, se ha dedicado en los días siguientes a banalizar el gesto, reduciéndolo a: “El Papa no olvidó palabras de lamento contra la violencia en Siria […]” y reseñas similares. Ya se ha ido encargando previamente el Espectáculo mismo de que, al escuchar la combinación “violencia”/“Siria”, el espectador imagine el guión estipulado.

La atroz feria de muestras, compuesta por los millares de cristianos sirios desplazados, por cientos de decapitaciones, de empalamientos a crucifijo, tiene que ser apresuradamente barrida y puesta bajo la alfombra de mano de las sirvientas “occidentales” y su clerigalla. Pues, en substancia, el rastro de despojos revela con obscenidad hasta dónde llega la falacia de un “Choque de Civilizaciones” explicado a modo de colisión tendencial –inercial- entre dos organismos gordos en crecimiento endógeno, tal y como en la premisa física del espacio no ocupable simultáneamente por dos cuerpos. O como en el problema físico de los trenes circulando en sentidos opuestos.

Y es que Siria presume (o podía presumir hasta hace poco) de ser tierra de 16 credos de fe más ochenta-y-tantas corrientes religiosas, impregnando a las relaciones convivenciales que han fluido junto a no importa qué organismo político sucesivo y cambiante en la historia –como la carne y la sangre acompañan al armazón corporal-: la Siria de los amorritas y cananea costeña; la Siria de las ciudades caldeas, arameas, nabateas más tarde…; la Siria septentrional hitita; la Siria babilónica; la Siria persa y romana; la Siria Califal Omeya, Abbasí después; la Siria colonial; la Siria de la revolución nacional-democrática baasista.

¿Cómo resumir, entonces, este “Choque de Civilizaciones”?: un Programa de asesina mono-coloración de Siria (y tendencialmente de Egipto y el Oriente Árabe), siendo plegada, poco a poco, la realidad nacional a un Mapa-Espectáculo monocromo escala 1: 1, como aquél que describe Jorge Luis Borges en su relato. Un Espectáculo occidental del “Oriente-Islam” deviniendo realidad a través de la violencia organizada. Ideología-materialización que sirve para “civilizar” territorios complejos en una sola “civilización interna” oscurantista sintonizada al servicio de la “Civilización externa”, así auto-postulada luminosa y triunfante (célebre “Luz de Sión”).

Bajo la época del Hegemonismo USA, no es más que un gran Camelo pintar con mezclas cromáticas de romanticismo, populismo, auto-producción y autonomía, al terrorismo potente y capaz de golpeo internacional. Como no puede ser de otra manera, ese terrorismo es creatura de los Estados, de las Potencias y, sobre todo, de la Superpotencia. Al-Qaida ni ha nacido ni crecido en apartados desiertos como el viento salvaje va transformando las piedras en arena. La visión militar, entrenamiento, precisión operativa, puntería y disciplina que precisan los yihadistas para ocupar un país como el sirio están lejos de haber sido aprendidos por ciencia infusa, ni por inspiración divina, meditación y rezo, o en las pedrestes bases caseras que nos muestra la televisión. Su logística, su armamento, sus laboratorios químicos y de explosivos, sus vehículos, sus pasaportes e identidades falsas al volar o instalarse en “occidente”, no se los han producido ellos en el páramo.

Aquello que ocasiona el genocidio-diáspora de los cristianos sirios no es, en profundidad, el avenate de unos pastores cabreros anclados en el tiempo. Tampoco la venalidad de lúmpenes o cegueras de borregos. Este genocidio nace en el corazón de la falsa “Cristiandad” y de su plan territorializador con arreglo a una jerarquía precisa de “civilizaciones”.

En el Día de los Inocentes, 28 de diciembre de 2013